Jacobo Assennato
¿Quién construye una realidad extraordinaria?No un líder solo. Un equipo, en el espacio que le fue confiado.
Casi todo lo que se enseña sobre liderazgo mira al líder: su carácter, sus habilidades, su visión. Aquí la mirada cambia de lugar. Lo que define a un líder extraordinario no está en él, sino en a quién sigue y en lo que produce en otros.
Un equipo extraordinario es el que construye, en el espacio que le fue confiado, una realidad donde el Reino de Dios se hace visible.
Cinco tesis dicen lo que creemos del líder. La identidad coloca al líder en su función y a cada miembro en su lugar. La función y la unidad dicen cómo se construye.
Esa suma tiene una ecuación.
La misma ecuación, aplicada al equipo.
Vida es lo que el líder y cada miembro reciben de Dios. Orden es alinear los talentos y las voluntades del equipo para la acción. Progreso son los recursos que el equipo genera cada semana. La suma es una realidad extraordinaria: el Reino de Dios hecho visible en el espacio.
Empieza por lo que creemos.
El líder extraordinario es el buen seguidor de Jesús.
Seguir a Jesús no tiene nada que ver con las cualidades de la persona. Es una capacidad espiritual que Él regala.
El líder es instrumento de Dios.
Si la fe del líder es regalo, la fe del equipo también lo es. El líder no la produce: dispone el espacio para que dé fruto.
El Reino de Dios no se construye solo, porque Dios repartió los talentos: nadie los tiene todos.
Cada uno recibió una parte, y la obra completa solo existe cuando las partes se juntan. Solo, el resultado termina contigo y no se multiplica. Y el que hace todo solo necesita que todo pase por él: no puede ser instrumento.
El liderazgo extraordinario no está basado en los atributos del líder, sino en los atributos del segundo.
Segundo es el que secunda lo que el líder hace, no el que lo soporta. El liderazgo es conductual: el equipo reproduce la conducta del líder, y así revela su fidelidad como instrumento.
Por eso, el segundo siempre es un equipo.
Jesús no formó a un sucesor. Formó a doce. El equipo es la estructura por la que el Reino se instala en un espacio.
Y un instrumento tiene una función.
Identidad es la definición interna de quién soy, desde la cual interpreto la realidad, gobierno mis respuestas y ordeno mi actividad hacia un propósito.
Es el rombo de vida, con Dios al centro.
El rombo de vida, centrado en Dios.
Las creencias espirituales que nacen de la identidad.
El diseño que nace de las convicciones.
Lo que hago a partir de lo que decidí.
Lo que producen las conductas.
Por eso el liderazgo es conductual: la conducta que el equipo secunda nace de la identidad del líder.
Cuando un líder cree que vale por lo que logra, necesita que todo pase por él. Y el que necesita que todo pase por él no puede ser instrumento.
Por eso la identidad va antes que la función. Si descansa en lo recibido, como dice la primera tesis, el líder puede apartarse sin perderse. Cada función del líder se rompe por una identidad distinta:
Jesús eligió a doce con dos fines: que estuvieran con Él y enviarlos.
Los llamó.
Los reunió consigo.
Los envió.
La función del líder es configurar al segundo. Cada función produce un movimiento del equipo.
Ya llegaste, o vas en camino, y quieres llevar a tu gente contigo. El trabajo del guía no es solo escalar: es lograr que ellos suban detrás de ti.
El guía va adelante marcando el camino: pisa aquí, agárrate de ahí, por este lado. Pero si da esas instrucciones en el idioma del que ya sabe escalar, el que viene atrás no entiende y no puede seguirlo. Casi todos los líderes dan instrucciones desde donde ellos están, no desde donde está el otro. Por eso la primera regla es traducir: la instrucción en el lenguaje del otro, a su nivel, con sus palabras.
Que te entiendan no basta. Alguien puede entender perfecto y aun así no poder hacerlo: le falta la fuerza, la práctica, la herramienta o la confianza. Tu trabajo no termina cuando entendieron; termina cuando pueden ejecutar. Por eso hay que verificar: no asumas que porque dijeron que sí, ya pueden. Si todavía no pueden, prepáralos hasta que puedan, en lugar de seguir subiendo sin ellos.
Pablo pide que lo imiten en la medida en que él imita a Cristo.
El líder no ocupa el lugar del primero.
Lo que el líder hace se ve en el segundo.
Así se configura el segundo. Cada movimiento es el fruto de una función del líder.
Cada uno sabe quién es y qué aporta.
Cada miembro sigue directo a Jesús, porque su identidad no depende de la aprobación del líder. Y conoce su don: lo que aporta al equipo, que es lo que el líder alinea.
La misma cadena opera en cada miembro: su identidad, centrada en Dios, genera sus convicciones, sus decisiones, su conducta y sus resultados.
Es la prueba del liderazgo. Así se comprobó el de Jesús: después de la Ascensión, los doce construyeron la Iglesia (Hechos 1–2).
Muchos actuando integrados como si fueran uno.
La unidad es un sistema de organización. El equipo necesita tener claras tres cosas, y cada una alinea algo distinto:
Es la estructura donde dones distintos actúan como uno, alrededor de un centro común: Jesús y el espacio confiado.
Multiplican resultados.
Cada acción del equipo produce resultados, y el equipo forma a otros que también los producen. El segundo se vuelve líder de un nuevo segundo: así los resultados se multiplican y el Reino de Dios se expande.
Todo lo recibimos.
Su fruto está en otros.
Jacobo Assennato